Recuerdo ese día como si fuera
ayer…
Después de cuatro años
estudiando la carrera, por fin conseguí una entrevista de trabajo. Si todo
salía bien, sería mi primer empleo. Desgraciadamente, nada salió bien.
Antes de llegar al día de la
entrevista, les cuento que hice mis prácticas profesionales en el departamento
de Recursos Humanos de una empresa muy importante en mi ciudad. Mi asesor
escolar era un maestro que también trabajaba como consultor. Al terminar mis
prácticas, me dijo:
—En una de mis empresas
clientes necesitan a un jefe de Recursos Humanos, ¿te interesa? Obviamente
respondí que sí, pero le comenté que no tenía la experiencia necesaria para una
jefatura.
—No importa —me dijo.
—Está bien —respondí.
El día de la entrevista llegué puntual. Me acerqué a la recepción y pregunté por la persona que me entrevistaría. Me sentaron en la sala de espera y, en menos de cinco minutos, ya estaba en la oficina.
—¿Vienes para el puesto de jefe de Recursos Humanos?
—Sí, licenciada.
—¿Cuál es tu experiencia?
—Los últimos siete meses he estado apoyando a una empresa en esa área. Me
enfoqué en la selección de personal, pero también sé hacer DNCs y evaluaciones
del desempeño.
—¿Nóminas?
—Eso no...
—Mmm...
—Pero aprendo rápido —agregué.
—Necesitamos a alguien que ya sepa... ¿movimientos ante el IMSS?
—He visto cómo funciona el portal, pero nunca lo he manejado…
—Mmmmmm —volvió a decir— no tenemos tiempo de enseñar a nadie...
Y así continuó la entrevista
durante los siguientes diez minutos. Aquello fue una masacre.
Cuando salí de ese edificio me
sentía muy mal, porque lo que se suponía sería una buena oportunidad se
convirtió en una experiencia terrible.
Tiempo después tuve la
oportunidad de trabajar como reclutador y, desde el primer día, juré que nunca
iba a hacer sentir a nadie como me hicieron sentir a mí.
Y ahí supe que, al final de
cuentas, todo es aprendizaje
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