Me encanta la casa de la abuela. Ahí se respiran recuerdos en cada rincón: en la sala, las veladas de Año Nuevo y los intercambios en Nochebuena; a la mañana siguiente, la llegada del Niño Dios y la apertura de regalos.
La cochera huele a risas, a carne asada, pollo frito y marlín en escabeche; a anécdotas de mi mamá y mis once tíos, sus vivencias en Mazatlán, Cortazar, Veracruz y, luego, en la casa de la calle Allende, una vez asentados en Tepic.
El comedor, por alguna razón extraña, siempre fue el lugar más formal de la casa. Solo se usaba para eventos importantes. Quizá por eso lo tengo tan presente, con ese olor a madera fina, a cuero y a perfume. Ese espacio era exclusivo para visitas “de alcurnia” y pláticas que mantuvieran ese nivel…
Y tal vez por lo mismo, mi rincón favorito —y el de casi toda mi familia— era la cocina, donde podías ser más “tú”: con el refri y sus imanes, la alacena empotrada en la pared, la vitrina frágil que nadie se atreve a abrir desde hace años —como si fuera un recuerdo que también podría romperse—, la olla eterna de frijoles, la comida que mi abue nunca le negaba a nadie.
Mi abuela ya no vive ahí, pero la casa todavía huele a ella.
La casa se quedó llena de ella, aunque ella ya no esté.
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