A lo largo de mis 38 años de
vida he construido una idea: los mejores conversadores son aquellos que te
dejan platicar. Me explico: generalmente, aquellas personas que nos hacen
pensar “qué a gusto se platica con él (o con ella)” son quienes no controlan la
conversación, sino que escuchan más. Me he dado cuenta de ello en muchos
ámbitos: personales, escolares y laborales.
Es por esa razón que algo que
me enoja es cuando, en una plática con dos o más personas, alguien quiere jalar
la conversación a su terreno. Por ejemplo, si alguien está contando sobre un
viaje que hizo a algún lugar, y otra persona interrumpe para decir que conoció
ese mismo lugar —no sé, digamos, hace 10 años— y a partir de ahí no se calla,
me molesta. Siento que le “roban” su momento a quien inició la conversación y,
aunque pareciera que el “ladrón” sigue el hilo, en realidad lo está rompiendo.
Una variante de este tipo de
persona es el “uno más que tú”: ese que, no importa qué le cuentes, siempre
tendrá algo más grande, más importante o más sorprendente que aportar.
Creo que lo ideal es ubicarse
en el punto medio: dejar que el otro platique, hacer algunos comentarios al
respecto, unas cuantas preguntas de seguimiento, y así mantener el ritmo de la
conversación. Pensándolo bien, tal vez por eso comencé mi vida laboral como
reclutador: para permitir que las personas hablen y así dedicarme, simplemente,
a escuchar y preguntar.
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