Uno de los recuerdos más felices de mi infancia ocurre en el piso del comedor, jugando bolos con canicas y soldaditos junto a mi abuelita. Jugábamos sentados en el piso: yo colocaba soldaditos de algún color (tenía beiges y verdes) y mi abuelita, del otro lado, colocaba los del color restante. Una vez en nuestras posiciones, lanzábamos una canica con el objetivo de derribar las figuras del equipo contrario, como si jugáramos bolos. Evidentemente ganaba el que tirara todos los soldaditos del enemigo. Realmente atesoro ese recuerdo porque era tiempo de calidad. Mi abuelita dejaba en pausa lo que estuviera haciendo (casi siempre cocinando) para poder jugar conmigo. Recuerdo lo difícil que le resultaba sentarse en el piso —se apoyaba con las sillas del comedor— y el esfuerzo que hacía para levantarse. Yo en ese entonces tendría unos seis o siete años y solamente era un niño divirtiéndose, pero ahora, treinta años después, aún puedo oír el sonido de la canica rodando y ver su sonrisa al mirarme pacientemente…
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