domingo, 15 de junio de 2025

Algo que me enoja

 

A lo largo de mis 38 años de vida he construido una idea: los mejores conversadores son aquellos que te dejan platicar. Me explico: generalmente, aquellas personas que nos hacen pensar “qué a gusto se platica con él (o con ella)” son quienes no controlan la conversación, sino que escuchan más. Me he dado cuenta de ello en muchos ámbitos: personales, escolares y laborales.

Es por esa razón que algo que me enoja es cuando, en una plática con dos o más personas, alguien quiere jalar la conversación a su terreno. Por ejemplo, si alguien está contando sobre un viaje que hizo a algún lugar, y otra persona interrumpe para decir que conoció ese mismo lugar —no sé, digamos, hace 10 años— y a partir de ahí no se calla, me molesta. Siento que le “roban” su momento a quien inició la conversación y, aunque pareciera que el “ladrón” sigue el hilo, en realidad lo está rompiendo.

Una variante de este tipo de persona es el “uno más que tú”: ese que, no importa qué le cuentes, siempre tendrá algo más grande, más importante o más sorprendente que aportar.

Creo que lo ideal es ubicarse en el punto medio: dejar que el otro platique, hacer algunos comentarios al respecto, unas cuantas preguntas de seguimiento, y así mantener el ritmo de la conversación. Pensándolo bien, tal vez por eso comencé mi vida laboral como reclutador: para permitir que las personas hablen y así dedicarme, simplemente, a escuchar y preguntar.

viernes, 13 de junio de 2025

Una conversación que me marcó.

 

Recuerdo ese día como si fuera ayer…

Después de cuatro años estudiando la carrera, por fin conseguí una entrevista de trabajo. Si todo salía bien, sería mi primer empleo. Desgraciadamente, nada salió bien.

Antes de llegar al día de la entrevista, les cuento que hice mis prácticas profesionales en el departamento de Recursos Humanos de una empresa muy importante en mi ciudad. Mi asesor escolar era un maestro que también trabajaba como consultor. Al terminar mis prácticas, me dijo:

—En una de mis empresas clientes necesitan a un jefe de Recursos Humanos, ¿te interesa? Obviamente respondí que sí, pero le comenté que no tenía la experiencia necesaria para una jefatura.
—No importa —me dijo.

—Está bien —respondí.

El día de la entrevista llegué puntual. Me acerqué a la recepción y pregunté por la persona que me entrevistaría. Me sentaron en la sala de espera y, en menos de cinco minutos, ya estaba en la oficina.

—¿Vienes para el puesto de jefe de Recursos Humanos?
—Sí, licenciada.
—¿Cuál es tu experiencia?
—Los últimos siete meses he estado apoyando a una empresa en esa área. Me enfoqué en la selección de personal, pero también sé hacer DNCs y evaluaciones del desempeño.
—¿Nóminas?
—Eso no...
—Mmm...
—Pero aprendo rápido —agregué.
—Necesitamos a alguien que ya sepa... ¿movimientos ante el IMSS?
—He visto cómo funciona el portal, pero nunca lo he manejado…
—Mmmmmm —volvió a decir— no tenemos tiempo de enseñar a nadie...

Y así continuó la entrevista durante los siguientes diez minutos. Aquello fue una masacre.

Cuando salí de ese edificio me sentía muy mal, porque lo que se suponía sería una buena oportunidad se convirtió en una experiencia terrible.

Tiempo después tuve la oportunidad de trabajar como reclutador y, desde el primer día, juré que nunca iba a hacer sentir a nadie como me hicieron sentir a mí.

Y ahí supe que, al final de cuentas, todo es aprendizaje

jueves, 12 de junio de 2025

La casa de la abuela

 

Me encanta la casa de la abuela. Ahí se respiran recuerdos en cada rincón: en la sala, las veladas de Año Nuevo y los intercambios en Nochebuena; a la mañana siguiente, la llegada del Niño Dios y la apertura de regalos.

La cochera huele a risas, a carne asada, pollo frito y marlín en escabeche; a anécdotas de mi mamá y mis once tíos, sus vivencias en Mazatlán, Cortazar, Veracruz y, luego, en la casa de la calle Allende, una vez asentados en Tepic.

El comedor, por alguna razón extraña, siempre fue el lugar más formal de la casa. Solo se usaba para eventos importantes. Quizá por eso lo tengo tan presente, con ese olor a madera fina, a cuero y a perfume. Ese espacio era exclusivo para visitas “de alcurnia” y pláticas que mantuvieran ese nivel…

Y tal vez por lo mismo, mi rincón favorito —y el de casi toda mi familia— era la cocina, donde podías ser más “tú”: con el refri y sus imanes, la alacena empotrada en la pared, la vitrina frágil que nadie se atreve a abrir desde hace años —como si fuera un recuerdo que también podría romperse—, la olla eterna de frijoles, la comida que mi abue nunca le negaba a nadie.

Mi abuela ya no vive ahí, pero la casa todavía huele a ella.

La casa se quedó llena de ella, aunque ella ya no esté.

miércoles, 11 de junio de 2025

Un recuerdo de mi infancia

Uno de los recuerdos más felices de mi infancia ocurre en el piso del comedor, jugando bolos con canicas y soldaditos junto a mi abuelita. Jugábamos sentados en el piso: yo colocaba soldaditos de algún color (tenía beiges y verdes) y mi abuelita, del otro lado, colocaba los del color restante. Una vez en nuestras posiciones, lanzábamos una canica con el objetivo de derribar las figuras del equipo contrario, como si jugáramos bolos. Evidentemente ganaba el que tirara todos los soldaditos del enemigo. Realmente atesoro ese recuerdo porque era tiempo de calidad. Mi abuelita dejaba en pausa lo que estuviera haciendo (casi siempre cocinando) para poder jugar conmigo. Recuerdo lo difícil que le resultaba sentarse en el piso —se apoyaba con las sillas del comedor— y el esfuerzo que hacía para levantarse. Yo en ese entonces tendría unos seis o siete años y solamente era un niño divirtiéndose, pero ahora, treinta años después, aún puedo oír el sonido de la canica rodando y ver su sonrisa al mirarme pacientemente…

martes, 10 de junio de 2025

De lector a escritor...

Hace algún tiempo vi un libro llamado "De lector a escritor", de la autora Sofía Segovia. Conozco su trabajo y sé que es muy buena, aunque aún no he leído nada suyo. Cuando vi ese título, me llamó poderosamente la atención. Toda mi vida me he considerado un lector asiduo, pero esa idea implícita —"pasa de ser lector y comienza a escribir"— me hizo imaginar una posibilidad.


Lo anoté en mi lista de deseos y ahí se quedó un tiempo. En diciembre, durante la FIL, lo vi en un stand, pero ya llevaba varios libros conmigo y pensé: puede esperar. En enero, cuando Sara me preguntó qué quería para el 14 de febrero, le mencioné ese libro, y desde entonces forma parte de mi colección.

En marzo, se instalaron unos puestos de libros en la plaza principal y, entre tantos, encontré Cartas a un joven novelista, de Mario Vargas Llosa. No lo tenía planeado, pero lo compré de inmediato.

En mi adolescencia escribí algunas poesías y, cada año, escribo calaveritas. El año pasado también asistí a un taller literario. Así que, desde hace meses, la idea de escribir algo ha rondado mi cabeza.

La tercera señal llegó en abril: un amigo que ha publicado libros me pidió apoyo para revisar el manuscrito de su nueva obra. Tener acceso a las “tripas” de un libro y poder sugerir mejoras me pareció una oportunidad única.

No sé si algún día seré escritor. No sé si todo esto va por ahí. Pero creo que las señales han aparecido por algo. Por lo pronto, esta semana empecé a hacer ejercicios de escritura y ahí voy, poco a poco.

Si un día escribo algo, ya saben: cómprenmelo. Y si me lo piden de compas, capaz y hasta se los firmo.


 






Algo que me enoja

  A lo largo de mis 38 años de vida he construido una idea: los mejores conversadores son aquellos que te dejan platicar. Me explico: genera...